Identidad
Ese
zumbido lo mantenía despierto y lo ponía histérico. Con los ojos totalmente
abiertos, echado en su cama boca arriba, miraba la mosca que lo atormentaba
volando cerca del techo, a veces desapareciendo, y volviendo a aparecer en
forma de un cosquilleo y un ruido perturbador en la oreja. Toda la noche la
había pasado así. Temblando nervioso como un chihuahua. Recorriendo la
habitación rápidamente con la mirada y volviendo a centrar su atención en la
mosca. La cortina azul de la ventana estaba corrida, y por un pequeño espacio
descubierto se asomaba la luz del amanecer, que permitía ver la cara blanca catatónica del joven, sus ojos azules cuyo color se resaltaba por la presencia
de una red de venas que se asomaban alrededor del iris, y su pelo rubio,
desordenado y seco como paja. Todo aquello denotaba la falta de sueño acumulada
tras varias noches pasadas en vela.
Julio
escucha un ruido que hace mucho le habría resultado extremadamente terrorífico;
como el anuncio de la hora de su tortura. Pero que ahora lo aliviaba y le
permitía finalmente respirar. Levanta la mano y la deja caer muerta sobre el
reloj de alarma en su velador. Era otra mañana de invierno y la habitación
estaba helada, pero aun así el despertaba desnudo y su ropa empapada de sudor
frío yacía en una esquina. Se para y se estira, y sus huesos piden a gritos
volver al reposo. Pero el día empezaba y el debía vestir su tembloroso cuerpo
rápidamente. Tembloroso, no por que fuera de esos enclenques, lánguidos, sino
por que su sistema parecía caerse a pedazos. Como un viejo Cadillac abandonado,
cuyos tiempos de esplendor habían sido tapados por el oxido.
Tenia
20 años. Era estudiante. Leyes había sido la carrera elegida por sus padres; no
para ellos; ellos habían cursado la universidad libres de las cadenas de la
responsabilidad y la presión de la sociedad. <Supongo que no quieres
terminar como el tío Pedro… ¿Quieres tener todo lo de ahora? ¿O no te
importaría ser un mediocre? Estudiar mecánica o algo por el estilo. Tal vez
limpiar vidrios de oficinas para sobrevivir el día a día.> Eso era todo lo
que repetían una y otra vez cuando él les reprochaba su actitud oprimente; la
imposición de lo que debía ser su futuro. Y no era que le importara una mierda
su futuro, ni que le molestara la idea de estudiar el “oficio de los sofistas”,
o que tuviera alguna otra pasión. Odiaba el simple echo de que se le imponga
algo. Si iba a hacer algo, debía ser por él, y que nadie le diga que lo
hiciera, por mas que lo tuviera ya pensado de antemano. Y sobre todo si es que
este ultimo era el caso. Que no se les pase por esos cerebros de maní que él
haría algo cuando se lo comandan o incluso recomiendan. <Como si fuera un
maldito ignorante… Estúpidos ¿Qué acaso creen que soy idiota? Por supuesto que
no quiero trabajar lamiéndole las botas a otro.> Pero no le quedaba de otra
mas que guardarse para si la rabia que le causaban sus pensamientos. Ya verían
todos algún día lo que él lograría sin sus estúpidos consejos… Pensaba para si.
Con
la camisa puesta a medio abrochar, una afirmando el botón que tocaba y en la
otra el pantalón de jean, se queda mirando un rincón de la habitación sin
pestañear. Pensaba en esa imagen incomprensible, la puerta de salida de la casa
vista borrosa desde adentro, que parecía inclinarse de un lado a otro, y la luz
azul que entraba por las ventanas a los costados de aquella. Sacude la cabeza y
se llama a si mismo estúpido. Continua abrochándose la camisa dejando de lado
esa imagen que a veces aparecía ante sus ojos. Y que luego de algunas veces de
analizarla sin resolución, había optado por ignorar.
Ya
vestido, recorre de modo automático, en su estado somnoliento, toda la rutina
matutina. Bajar las escaleras, recordar que algo falta y subir a cepillar sus
dientes. Bajar nuevamente y entrar a las cocina. Romper cuatro huevos y
echarlos a la sartén. Luego al estomago. Mirar un punto fijo sin saber por qué,
darse cuenta de su estupefacción y volver en sí. Luego de hablar con el perro
termina el recorrido y sale a la calle.
Sale
por el portón, de la oscuridad de una casa lúgubre de techos altos y
puntiagudos. Sin escucharlo uno podía sentir el crujido de las tablas de madera
en su interior. Verlo emerger de entre aquellas descascaradas murallas que
alguna vez habían sido blancas, era para los peatones que pasaban por ahí, como
ver a un muerto salir de su tumba. Él los miraba a ellos de la misma manera
pero con un toque de desprecio. No sabía por qué, pero le causaban un desagrado
tal, que podrían los mismos notar una expresión de asco en su cara. No podía
evitar fijar su atención el la mas mínima imperfección de la piel. Una verruga,
una protuberancia, una nariz grande o una mandíbula ladeada. Hasta el tamaño de
los poros los distinguía al instante. La gente porosa era la que le causaba mas
repulsión.
Al
salir a la acera se dirige hacia la avenida “T”, para hacer ahí un recodo a la
izquierda. Pero al llegar a la esquina un escalofrío recorre sus sienes, y para en seco. De inmediato cruza a el lado opuesto de la acera, aunque aquello
alargara inútilmente su trayecto. Recordó la caseta verde ubicada
inmediatamente al doblar en la esquina por la izquierda. Se toparía con el
guardia de la calle. No soportaba verlo, ver su cara. Alguna vez había sido
amigo de él; de pequeño. Pero desde que volvió del intercambio en Londres algo
había cambiado. Su desagrado peculiar por la gente porosa convirtió a el
antiguo compañero de charla en el ser mas insoportable a su vista. Solo pensar
en él le causaba nauseas. Los poros que cubrían su cara eran los mas grandes y
repugnantes de todos. Todo el lado izquierdo de la cara parecía derretirse por
el constante calor insoportable del verano. El ojo blanco no lo estremecía.
Pero esa piel… Hasta el cuello llena de agujeros y protuberancias; lo volvía
loco. No recordaba que de pequeño le haya causado tal sensación; al contrario,
sentía la necesidad de ir a saludarlo con una mirada de compasión. Pero algo se
le había metido en las entrañas, que ahora le hacía reaccionar así. A pesar de todo esto, lo mataba a su
vez otra cosa. Curiosidad. Nunca había tenido el nervio para preguntarle como
le había ocurrido aquello. Cómo era que se había quemado. Por lo que se conformaba
respondiéndose a sí mismo; asumiendo que habría sido un accidente en su antiguo
trabajo en la fabrica metalúrgica lo que le dejara así.
Al
terminar de dar la vuelta en la esquina, sabe que un leve giro de cabeza hacia
la izquierda hará que la caseta entre en su campo de visión. Debía evitarlo.
Pero ese día era distinto. Las nubes tapaban el sol y el aire estaba helado.
Tal vez aquella era la oportunidad de tratar voltear la cara. Tal vez aquel
contexto frío disminuiría el impacto de la imagen prohibida. Congelaría por
unos instantes el derretimiento constante de ese rostro y la vez su asco hacia
este. Esto lo pensaba mientras avanzaba a paso lento para darse el tiempo de
decidir, antes de llegar al final de la calle. Dejando la dirección del
movimiento a sus pies, su mente iba centrada por completo en el dilema que se
le presentaba, por lo que sólo el roce e insulto de un transeúnte que caminaba
en dirección contraria, logró que salga de sí y se de cuenta de que la calle
terminaba, y que su pie pisaba la autopista mientras los automóviles pasaban
tocando la bocina. Inmediatamente removió el pie de la autopista al tiempo que
era jalado del cuello de la camisa hacia atrás. Se dio media vuelta y, sin
verlo, tomo el brazo de quien lo ayudaba.
No
terminado…