jueves, 6 de agosto de 2015

Identidad

Identidad
Ese zumbido lo mantenía despierto y lo ponía histérico. Con los ojos totalmente abiertos, echado en su cama boca arriba, miraba la mosca que lo atormentaba volando cerca del techo, a veces desapareciendo, y volviendo a aparecer en forma de un cosquilleo y un ruido perturbador en la oreja. Toda la noche la había pasado así. Temblando nervioso como un chihuahua. Recorriendo la habitación rápidamente con la mirada y volviendo a centrar su atención en la mosca. La cortina azul de la ventana estaba corrida, y por un pequeño espacio descubierto se asomaba la luz del amanecer, que permitía ver la cara blanca catatónica del joven, sus ojos azules cuyo color se resaltaba por la presencia de una red de venas que se asomaban alrededor del iris, y su pelo rubio, desordenado y seco como paja. Todo aquello denotaba la falta de sueño acumulada tras varias noches pasadas en vela.
Julio escucha un ruido que hace mucho le habría resultado extremadamente terrorífico; como el anuncio de la hora de su tortura. Pero que ahora lo aliviaba y le permitía finalmente respirar. Levanta la mano y la deja caer muerta sobre el reloj de alarma en su velador. Era otra mañana de invierno y la habitación estaba helada, pero aun así el despertaba desnudo y su ropa empapada de sudor frío yacía en una esquina. Se para y se estira, y sus huesos piden a gritos volver al reposo. Pero el día empezaba y el debía vestir su tembloroso cuerpo rápidamente. Tembloroso, no por que fuera de esos enclenques, lánguidos, sino por que su sistema parecía caerse a pedazos. Como un viejo Cadillac abandonado, cuyos tiempos de esplendor habían sido tapados por el oxido.
Tenia 20 años. Era estudiante. Leyes había sido la carrera elegida por sus padres; no para ellos; ellos habían cursado la universidad libres de las cadenas de la responsabilidad y la presión de la sociedad. <Supongo que no quieres terminar como el tío Pedro… ¿Quieres tener todo lo de ahora? ¿O no te importaría ser un mediocre? Estudiar mecánica o algo por el estilo. Tal vez limpiar vidrios de oficinas para sobrevivir el día a día.> Eso era todo lo que repetían una y otra vez cuando él les reprochaba su actitud oprimente; la imposición de lo que debía ser su futuro. Y no era que le importara una mierda su futuro, ni que le molestara la idea de estudiar el “oficio de los sofistas”, o que tuviera alguna otra pasión. Odiaba el simple echo de que se le imponga algo. Si iba a hacer algo, debía ser por él, y que nadie le diga que lo hiciera, por mas que lo tuviera ya pensado de antemano. Y sobre todo si es que este ultimo era el caso. Que no se les pase por esos cerebros de maní que él haría algo cuando se lo comandan o incluso recomiendan. <Como si fuera un maldito ignorante… Estúpidos ¿Qué acaso creen que soy idiota? Por supuesto que no quiero trabajar lamiéndole las botas a otro.> Pero no le quedaba de otra mas que guardarse para si la rabia que le causaban sus pensamientos. Ya verían todos algún día lo que él lograría sin sus estúpidos consejos… Pensaba para si.
Con la camisa puesta a medio abrochar, una afirmando el botón que tocaba y en la otra el pantalón de jean, se queda mirando un rincón de la habitación sin pestañear. Pensaba en esa imagen incomprensible, la puerta de salida de la casa vista borrosa desde adentro, que parecía inclinarse de un lado a otro, y la luz azul que entraba por las ventanas a los costados de aquella. Sacude la cabeza y se llama a si mismo estúpido. Continua abrochándose la camisa dejando de lado esa imagen que a veces aparecía ante sus ojos. Y que luego de algunas veces de analizarla sin resolución, había optado por ignorar.
Ya vestido, recorre de modo automático, en su estado somnoliento, toda la rutina matutina. Bajar las escaleras, recordar que algo falta y subir a cepillar sus dientes. Bajar nuevamente y entrar a las cocina. Romper cuatro huevos y echarlos a la sartén. Luego al estomago. Mirar un punto fijo sin saber por qué, darse cuenta de su estupefacción y volver en sí. Luego de hablar con el perro termina el recorrido y sale a la calle.
Sale por el portón, de la oscuridad de una casa lúgubre de techos altos y puntiagudos. Sin escucharlo uno podía sentir el crujido de las tablas de madera en su interior. Verlo emerger de entre aquellas descascaradas murallas que alguna vez habían sido blancas, era para los peatones que pasaban por ahí, como ver a un muerto salir de su tumba. Él los miraba a ellos de la misma manera pero con un toque de desprecio. No sabía por qué, pero le causaban un desagrado tal, que podrían los mismos notar una expresión de asco en su cara. No podía evitar fijar su atención el la mas mínima imperfección de la piel. Una verruga, una protuberancia, una nariz grande o una mandíbula ladeada. Hasta el tamaño de los poros los distinguía al instante. La gente porosa era la que le causaba mas repulsión.
Al salir a la acera se dirige hacia la avenida “T”, para hacer ahí un recodo a la izquierda. Pero al llegar a la esquina un escalofrío recorre sus sienes, y para en seco. De inmediato cruza a el lado opuesto de la acera, aunque aquello alargara inútilmente su trayecto. Recordó la caseta verde ubicada inmediatamente al doblar en la esquina por la izquierda. Se toparía con el guardia de la calle. No soportaba verlo, ver su cara. Alguna vez había sido amigo de él; de pequeño. Pero desde que volvió del intercambio en Londres algo había cambiado. Su desagrado peculiar por la gente porosa convirtió a el antiguo compañero de charla en el ser mas insoportable a su vista. Solo pensar en él le causaba nauseas. Los poros que cubrían su cara eran los mas grandes y repugnantes de todos. Todo el lado izquierdo de la cara parecía derretirse por el constante calor insoportable del verano. El ojo blanco no lo estremecía. Pero esa piel… Hasta el cuello llena de agujeros y protuberancias; lo volvía loco. No recordaba que de pequeño le haya causado tal sensación; al contrario, sentía la necesidad de ir a saludarlo con una mirada de compasión. Pero algo se le había metido en las entrañas, que ahora le hacía reaccionar así.  A pesar de todo esto, lo mataba a su vez otra cosa. Curiosidad. Nunca había tenido el nervio para preguntarle como le había ocurrido aquello. Cómo era que se había quemado. Por lo que se conformaba respondiéndose a sí mismo; asumiendo que habría sido un accidente en su antiguo trabajo en la fabrica metalúrgica lo que le dejara así.
Al terminar de dar la vuelta en la esquina, sabe que un leve giro de cabeza hacia la izquierda hará que la caseta entre en su campo de visión. Debía evitarlo. Pero ese día era distinto. Las nubes tapaban el sol y el aire estaba helado. Tal vez aquella era la oportunidad de tratar voltear la cara. Tal vez aquel contexto frío disminuiría el impacto de la imagen prohibida. Congelaría por unos instantes el derretimiento constante de ese rostro y la vez su asco hacia este. Esto lo pensaba mientras avanzaba a paso lento para darse el tiempo de decidir, antes de llegar al final de la calle. Dejando la dirección del movimiento a sus pies, su mente iba centrada por completo en el dilema que se le presentaba, por lo que sólo el roce e insulto de un transeúnte que caminaba en dirección contraria, logró que salga de sí y se de cuenta de que la calle terminaba, y que su pie pisaba la autopista mientras los automóviles pasaban tocando la bocina. Inmediatamente removió el pie de la autopista al tiempo que era jalado del cuello de la camisa hacia atrás. Se dio media vuelta y, sin verlo, tomo el brazo de quien lo ayudaba.


No terminado…