sábado, 30 de abril de 2016
El Discurso
Llegó el día que tanto temía, aquel momento que aunque había preparado por horas, no podía hacer mucho si algo salía mal. Por un fugaz momento recordó a toda la gente que no creyó en el a través de los años, partiendo por sus padres, luego sus compañeros y finalmente sus profesores. Solo la confianza que puso en el aquella mujer que tanto quería lo había llevado tan lejos. Miró al publico y vio esos ojos verdes que lo hacían sentirse tan querido, y de inmediato le llego algo de tranquilidad.
Mientras repasaba sus papeles y veía su letra, que en otra época le causaba molestias por su ilegibilidad, miró de reojo al público, mas de mil personas sentadas en cómodas sillas acolchonadas conversaban despreocupadamente mientras esperaban que el se dirigiese a ellos.
Finalmente se le acercó un hombre alto y de pelo canoso para informarle que había llegado el momento que el tanto deseaba evitar. Subió al escenario con las piernas temblando, y al instante se hizo un silencio absoluto y la atención de toda la gente del lugar se centró en el.
Comenzó a leer con gotas de sudor frío corriendo por su frente, iba palabra a palabra, pronunciando cuidadosamente letra a letra, evitando así cualquier equivocación. Sintió temblores en la garganta pero los desechó al levantar la voz, la cual resonaba potentemente en los parlantes instalados en la esquina de la sala, los cuales se veían fuera de lugar, ya que estaban junto a unos elegantes cuadros que revelaban el "status" de la gente que había en el salón.
Mientras iba llegando al final del discurso se sintió mas tranquilo, pensando que dentro de poco todo habría terminado. Incluso se permitió aliviar el picor que sentía desde hace algún rato en el cuello, en una parte tapada por su elegante camisa blanca. Finalmente terminó, y tras un breve "muchas gracias" comenzó a bajar del escenario, escoltado por un estruendoso aplauso.
Con una gran sonrisa en su rostro, fue caminando lentamente hacia la parte trasera del salón, donde lo esperaría su hermano, con la promesa de informarle como lo había hecho. Radiante de alegría como estaba, no se dio cuenta que el cableado de los parlantes cruzaba el suelo del lugar como una trampa mortal para cualquier descuido. Cayó al suelo apoyandose en sus manos y mientras lentamente su cara se iba poniendo roja, las fuertes carcajadas del público le hicieron saber que no su caída no había sido inadvertida y en seguida supo que al día siguiente aparecería en la portada del diario, pero no de la forma que el tanto había soñado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario